Novelas escritas por mujeres

Día mujerDecía Homero: “los jóvenes tienen el genio vivo y el juicio débil”. Por tal motivo, entiendo, llegan todo el tiempo a conclusiones precipitadas a partir de argumentos enclenques.

Cuando era joven, creía que existía algo así como una “literatura femenina” y había llegado a la conclusión de que no me gustaba. Eran años en los que sonaba sobre todo Rosa Montero. Había leído dos de aquellas novelas, “Te trataré como a una reina”, esa la recuerdo vagamente, la otra ni siquiera. Lo que decían no me interesaba en absoluto. Entonces tomé una heroica –así lo veía entonces– decisión: busqué “Al faro” con la intención de ampliar el campo de observación. Virginia Woolf no solo me resultó aburrida e inocua, también pretenciosa y, ojo al dato, equivocada. Su literatura no era literatura, creía aquel muchacho (he de decir que releí hace poco la novela de la inglesa y sigue sin gustarme).

El tamaño de la muestra resultaba más bien escaso pero, recordad, yo continuaba siendo joven, así que decidí dejar de leer novelas escritas por mujeres. Hasta que cayeron en mis manos “Adiós María”, de Xohana Torres, y “Amor de tango” de María Xosé Queizán, y amigos, amigas, aquel muchacho, al tiempo que maduraba, tuvo que alterar su conclusión inicial: “la literatura femenina no le gustaba, con una excepción: las obras de escritoras gallegas”. Y dio un paso más para corroborar su conclusión. Leyó “Recóndita armonía” de Marina Mayoral y de este modo la cuestión quedó debidamente confirmada.

Transcurrieron algunos años y su espíritu en lenta convulsión fue poniendo en duda parte de la experiencia acumulada durante el tiempo de juventud. Se trataba de un proceso inconsciente. De igual manera, como sin querer, se encontró un día leyendo las primeras páginas del “Cuaderno dorado” de Doris Lessing (otra inglesa!), una especie de novela de novelas. Por suerte era ya mayorcito para apreciar la dificultad de aquella empresa –de aquella obra– y se confabuló para rendirle el merecido tributo a través de su lectura minuciosa e interesada. A lo largo de sus 500-600? páginas, se convirtió aquel pobre muchacho ignorante en un adulto con algo de criterio. El aprendizaje, seguramente.

Dispuesto al frenesí del revisionismo –cuestionarlo todo, empezar de cero– se zambulló en un atracón de novelas escritas por mujeres asumiendo la inexistencia de esa corriente que algunos aún denominan “literatura femenina”. Por supuesto, se topó con obras magníficas, quiero decir, que le parecieron magníficas, otras que lo dejaron entre indiferente y abúlico, y también con un número no despreciable que valoró como “horribles”. Empezaré por éstas y así el artículo concluirá con final feliz. Advertencia previa (del todo innecesaria): considérese la literatura como un arte; en consecuencia, las opiniones al respecto pertenecen a la capacidad subjetiva de valoración de nuestras mentes heterogéneas.

Dicho lo anterior, selecciono “Voces”, de Dacia Maraini, como la peor novela escrita por una mujer que he leído en mi vida. No hay que hacer sangre así que paso a las siguientes: “Penélope en la guerra”, de Oriana Fallaci, “Hombres de lluvia” de Maruja Torres, “El corazón helado” de Almudena Grandes (qué decepción!), “Crepúsculo en Oslo” de Anne Holt, “Barba azul” de Amélie Nothomb, o “El talento de Mr. Ripley” de Patricia Highsmith, fueron obras que provocaron el rechazo sin ambages del lector crítico que descansa solazadamente en mí.

Novelas con méritos estimables en convivencia con debilidades apreciables han sido, por ejemplo, “Betibú” de Claudia Piñeiro, “Finisterre” de María Rosa Lojo, “Juntos, nada más” de Anna Gavalda, “Hierba mora” de Teresa Moure, “Todo lo que tengo lo llevo conmigo” de Herta Müller, “Los hermosos años del castigo” de Fleur Jaeggy, “La balada del café triste” de Carson Mc Cullers, o “La mujer habitada” de Gioconda Belli. En la mayoría de estas obras detecté una prosa cuidada, a veces exquisita, pero una narración que pecaba bien de poco consistente, a veces incluso de tediosa, o bien, simplemente, de portar escaso interés.

En tierra de nadie, en un lo que pudo haber sido y no fue, en ese purgatorio de obras tantálicas que no han alcanzado la excelencia por falta de autoexigencia de sus autoras –o escasez de ambición de sus editores–, encontramos “Mal de piedras” de Milena Agus, “El asesino ciego” de Margaret Atwood, o las más recientes “Puerto escondido” de María Oruña y “Farándula” de Marta Sanz.

Y por fin, las novelas que recomendaría no perderse, las que harán que no seas la misma / el mismo una vez las termines, que absorberán una buena parte de tu energía vital durante los días de lectura, las que te obligarán a reconsiderar viejos parámetros, las que retorcerán tus neuronas a la búsqueda de nuevas conclusiones, esas novelas gloriosas son, entre otras, “En América” de Susan Sontag; “Ave del paraíso” de Joyce Carol Oates; “Beloved” de Toni Morrison; “Una mujer en Berlín”, diario anónimo; “La casa de los espíritus” de Isabel Allende; “La edad del barro” de Sara Rosenberg; “Marcas de nacimiento” de Nancy Houston; “Purga” de Sofi Oksanen; “La habitación de invitados” de Helen Garner; “Las lagartijas huelen a hierba”, de Cristina Sánchez Andrade; “Cuatro por cuatro” de Sara Mesa y, para finalizar, los thrillers “El gran frío” de Rosa Ribas, “Una mujer en tu camino” de Karin Fossum, y “Perdida” de Gillian Flynn.

Hay muchas otras, lógicamente, pero tampoco es cuestión de elaborar una antología. Si he recordado las anteriores en lugar de las olvidadas, será por su capacidad de dejar huella. O por puro azar, la arbitrariedad aplicada a nuestra mente esta vez. En fin, que aquí lo dejo… a 8 de Marzo de 2016, “Día de la Mujer Trabajadora”.

@pallarego

 

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